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Digital Object Identifier System - Identificador de Objetos Digitales 10.4185/RLCS-2019-1395 | ISSN 1138-5820 | RLCS, 74-2019 | Version in English language | Explicación audiovisual del autor |

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C González Quintero, A-M Forero Ángel, S Ramírez González (2019): “La guerra se nos pega”: construcción y transformaciones de los cuerpos en las narrativas y retóricas de los soldados profesionales colombianos”. Revista Latina de Comunicación Social, 74, pp. 1488 a 1505.
http://www.revistalatinacs.org/074paper/1395/78es.html
DOI: 10.4185/RLCS-2019-1395

EXTRA – Narrativas de Paz, voces y sonidos
Análisis de la paz en Colombia, desde la comunicación / y 08


“La guerra se nos pega”: construcción y transformaciones de los cuerpos en las narrativas y retóricas de los soldados profesionales colombianos [1]

“The war that lingers”: Construction and transformations of the body in the narratives and rhetoric of Colombia’s professional soldiers

Catalina González Quintero [CV] [1] [4] Profesora de Filosofía de la Universidad de los Andes, UNIANDES, Colombia cgonzale@uniandes.edu.co

Ana María Forero Ángel  [CV] [2] 5[] Profesora de Antropología de la Universidad de los Andes, UNIANDES, Colombia Am.forero260@uniandes.edu.co

Simón Ramírez González [CV] [3] [6] Asistente de Investigación de la Universidad de los Andes, UNIANDES, Colombia Sm.ramirez1794@uniandes.edu.co

Abstracts
[ES]:
En este artículo proponemos analizar las formas en las que los soldados colombianos narran las experiencias corporales vividas durante su proceso de formación, en su ejercicio cotidiano en el área de combate, y en el Batallón de Sanidad, Soldado José María Hernández (BASAN). Es decir, nos ocuparemos de las narrativas en la que los rangos más bajos del Ejército Nacional de Colombia expresan cómo se convierten en guerreros, en heridos y en soldados que, recluidos en el BASAN, esperan el veredicto de la junta médica que ha de determinar su grado de incapacidad mientras que planean un futuro. Daremos cuenta de las maneras en las que los “matables” (Butler 2006) de la institución describen sus corporalidades. Llamaremos “matables” a los soldados profesionales siguiendo las afirmaciones en las que ellos se refieren a sí mismos como la ‘carne de cañón’ de la institución, como los rangos que son fácilmente reemplazables, y como los que el Ejército no protege una vez haya ‘vencido su vida útil’.  
[EN]: This article analyses the ways in which Colombian soldiers narrate their bodily experiences at the military school, the combat zone, and the Private José María Hernández Health Battalion (BASAN). To be precise, the article deals with the narratives in which the lowest ranks of the Colombian National Army express how they became warriors, wounded elements and patients who wait for the medical board to determine their percentage of disability while planning for a future. The study accounts for the ways in which the institution’s “expendables” (Butler, 2006) describe their corporalities. We refer to professional soldiers as “expendables” based on testimonies in which soldiers refer to themselves as the institution’s “cannon fodder”, as combatants that are easily replaceable, and as elements that the Army does not protect once their “useful life has expired”.

Keywords
[ES]:
cuerpo, ejército colombiano, experiencias de guerra, narrativas.
[EN]: body, Colombian army, war experiences, narratives.

Contents
 [ES]:
1. Introducción. 2. Consideraciones metodológicas. 3. El ejército no tolera “machos”: construyendo el cuerpo de combatientes. 4. Narrativas ded supervivientes: la precaridad y  la vulnerablidad del cuerpo en la zona de combate. 5. Cuerpos xxx: soldados profesionales xxx en su materialismo. Conclusiones. Referencias.
[EN]: 1. Introduction. 2. Methodological considerations. 3. “The Army does not tolerate machos”: building the combatant’s body. 4. Narratives of survival: the precariousness and vulnerability of the body in the combat zone. 5. Defeated bodies: Professional soldiers besieged in their materiality. 6. Conclusions. 7. References.

Traducción de CA Martínez-Arcos
(PhD, Universidad de Londres)

[ Investigación ]

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1. Introducción

En este artículo proponemos analizar las formas en las que los soldados colombianos narran las experiencias corporales vividas durante su proceso de formación como profesionales en la Escuela Profesional Pascacio Martinez [2], así como en su ejercicio cotidiano en el área de combate, y la asimilación de sus heridas y construcción de futuro en el Batallón de Sanidad Soldado José María Hernández (BASAN). Es decir, nos ocuparemos de las narrativas en la que los rangos más bajos del Ejército Nacional de Colombia expresan cómo se convierten en guerreros, en heridos y en soldados que, recluidos en el BASAN, esperan el veredicto de la junta médica que ha de determinar el grado de incapacidad mientras que planean un futuro. Daremos cuenta de las maneras en las que los “matables” (Butler 2006) de la institución describen sus corporalidades. Llamaremos “matables” [3] a los soldados profesionales siguiendo las afirmaciones en las que ellos se refieren a sí mismos como la ‘carne de cañón’ de la institución, como los rangos que son fácilmente reemplazables, y como los que el Ejército no protege una vez haya ‘vencido su vida útil’ (expresión anotada en el diario de campo, Ana María Forero Ángel, 2015).

El artículo se inscribe en las reflexiones latinoamericanas sobre el cuerpo (Pedraza, 2010 y 2014) al cual entenderemos como una realidad material en la que confluyen tecnologías y discursos que le dan características históricas y culturalmente situadas (Pedraza 2010). Para poder acceder esta realidad material, analizaremos las narrativas (Brian 2007; Lauren 2007; Jimeno 2016); que la describen. Es importante subrayar que en los testimonios escuchados los soldados dan cuenta de la materialidad de sus experiencias y hacen énfasis, precisamente, en los ejes anteriormente señalados: la educación recibida para convertirse en soldados profesionales, las vivencias en el área de combate y los anhelos de futuro tras haber sido heridos, irreparablemente, en la guerra. Consideramos, que estudiar las formas en las que el cuerpo se expresa en las narraciones de los soldados colombianos, lejos de ocultar el cuerpo bajo la máscara de lo verbal, permite ponerlo al descubierto a la vez que entenderlo como receptor de las “marcas” indelebles de la guerra (Aranguren, 2011).

En este sentido, pretendemos explorar las distintas manifestaciones discursivas de una expresión muy común entre los soldados profesionales colombianos, a saber, que la guerra “se pega” en el cuerpo del combatiente. Un ejemplo de cómo aparece esta noción en las narrativas de los soldados es el siguiente intercambio:

Esteban: [4] Sí, duré ocho días yo, con un dolor de cabeza y el olor a pólvora. Hmmm
Roberto: Sicosiado.
Esteban: No, y eso… Pero es que, de la rampa, eso sale humo, y eso le queda a uno ese olor a pólvora. (Comunicación personal, Esteban, 2 de diciembre de 2015).

Cuando Esteban habla del dolor de cabeza y el olor a pólvora, inmediatamente Roberto interpreta su sufrimiento corporal como psicológico (“sicosiado”). [5] Pero Esteban regresa, inmediatamente, al nivel físico: se trata realmente del olor a pólvora que se adhiere al cuerpo. Con ello, podemos ver que lo que está en juego para Luis es precisamente el hecho de que el padecimiento físico necesita hallar una expresión propia, pues la experiencia de la guerra es una experiencia primordialmente corporal.
 
Para observar cómo se enuncia la guerra que “se pega” en el cuerpo del soldado profesional colombiano, nos ocuparemos en este artículo, en primer lugar, en el acápite titulado “’Nadie en el Ejército vino a consentir machos’: construcción del cuerpo del combatiente”, de describir las transformaciones que el cuerpo del soldado sufre durante su paso por la Escuela de Soldados Profesionales en la que recibe el entrenamiento que, en principio, lo debe preparar para combatir. En segundo lugar, en el acápite “Narrativas de la sobrevivencia: precariedad y vulnerabilidad del cuerpo en el área”, daremos cuenta de las vivencias del cuerpo del soldado durante su desempeño en los distintos escenarios de combate y de reposo. Finalmente, en “Cuerpos vencidos: los soldados profesionales sitiados en su materialidad”, nos ocuparemos de cómo los soldados heridos lidian con sus incapacidades corporales en el Batallón de Sanidad (BASAN) y construyen una narrativa sobre el futuro en la que la reflexión sobre su corporalidad es central.

2. Consideraciones metodológicas

El artículo se basa en el corpus de datos construido en la investigación “Vida cotidiana de los militares: vivencias adentro y fuera del cuartel” que hasta la fecha se compone de 67 entrevistas semiestructuradas a soldados profesionales y altos mandos desarrolladas en el Comando Estratégico de las Transiciones (COET, comando conjunto en el que todas las Fuerzas Armadas se ocupan de la construcción de memoria militar), en la Escuela de Soldados Profesionales (ESPRO, encargada de la formación de soldados) y en el Batallón de Sanidad (BASAN, unidad médica y de rehabilitación del Ejército Nacional) [6].

Los testimonios que consideramos primordiales hacen referencia directa a la materialidad del cuerpo, es por esto que, si bien no pudimos asistir al entrenamiento de los soldados y tampoco al área de combate, a través del estudio de las narrativas pudimos acceder a la materialidad señalada en la introducción. Vale la pena recordar, de la mano de J. Butler (2006), que la perfomatividad, “es el poder que tienen los discursos para producir efectos a través de su reiteración” (p.22). Es decir, los discursos pronunciados por los soldados y los discursos pronunciados sobre ellos (por sus instructores en la Escuela Profesional o por el público en general) participan activamente como matriz productora de la materialidad de sus cuerpos. [7]

Los autores de este artículo creemos en la necesidad de avanzar en la construcción de una topografía del poder (Lutz 2006), es decir de contribuir en la comprensión de las instituciones que configuran el destino de las naciones. En esta ocasión lo haremos ocupándonos de los cuerpos de los “matables” de la institución, desde las narrativas que se construyen ‘desde adentro’ del Ejército. En este sentido nuestro artículo tiene aires de familia, por ejemplo, con los trabajos de Andrés Dávila (1998, 1999a, 1999b, 2000, 2016) en los que hay una preocupación por comprender la institución desde un punto de vista émico. El componente etnográfico de esta investigación sigue los pasos de los estudios llevados a cabo en América Latina por los antropólogos latinoamericanos Sabina Frederic (2013, 2016), Rosana Guber (2001, 2016), Celso Cao (1990, 2009), Piero de Camargo Leirner (1995, 1997) y Massimo Badaró (2009). Estos se han centrado en comprender “desde adentro” a las instituciones militares.[8] Esta investigación se asocia, también, con los trabajos de Catherine Lutz (2006, 2009, 2010), Kenneth T. MacLeish (2013) y George R. Lucas Jr. (2009, 2015). Todos ellos se valen de una mirada etnográfica para analizar narrativas acerca de cómo los distintos sujetos toman y justifican sus decisiones.

3. “Nadie en el ejército vino a consentir machos”: construcción del cuerpo del combatiente

En junio del 2016 el comandante en jefe de la Escuela de Soldados Profesionales Pedro Pascasio Martínez, ubicada en el Nilo Cundinamarca, Colombia, explicaba las características y la razón de ser de la ESPRO de la siguiente manera:

El nombre de esta escuela es Escuela de Soldados Profesionales Pedro Pascasio Martínez. ¿Quién era este soldado Pedro Pascasio Martínez?, un soldado campesino, un soldado de alpargata, un soldado de ruana y sombrero, un soldado que su función era de cuidar de los caballos del Libertador, y que en la Batalla del Puente de Boyacá, en ese momento, a él le ofrecieron unas monedas de oro y que éste no las recibió, sino que tuvo el valor y la grandeza de no entregar el Libertador a Barreiro (que era en ese entonces el Comandante del Ejército Español), y abrió la senda para luego llegar a Santafé de Bogotá y ya, realizar la independencia que todos en la historia conocemos. Por eso ha sido en nombre de este soldado, y el nombre de hoy en día, como hombre de honor, del sacrificio y de la lealtad hacia la Institución” (Comunicación personal, 7 de junio de 2016). [9]

En su discurso, el director de la Escuela establecía una relación entre el cuerpo del escudero y el de los egresados de la ESPRO. El cuerpo de Pedro Pascasio Martínez encarnaba las características morales que debían servir de ejemplo y de norte para la formación del combatiente. Tras el entrenamiento físico que se realiza en la escuela que lleva el nombre de este soldado, los candidatos se convierten en este “simple cuidador de caballos que supo preparar las condiciones independentistas” (Entrevista, coronel Nossa, junio 7, 2016). Allí ocurre la transformación del cuerpo del soldado que, después de catorce semanas, se hace combatiente.

Sobre el cuerpo imperfecto de los candidatos ya ha operado un proceso de selección en el que se evalúa el carácter moral del candidato, su disposición física y su fortaleza psicológica. En la Escuela el aspirante debe pasar por un nuevo proceso en el que se rectificará si es materia apta para convertirse en un Pedro Pascasio. El joven candidato debe demostrar que tiene predisposición, a través del dominio sobre su cuerpo, a un manejo equilibrado de las emociones y que cuenta con un entorno familiar ‘sano’ que proteja ese equilibrio.

Siguiendo las narrativas del director de la Escuela es evidente que, sobre los candidatos, han operado ya tecnologías y discursos que moldean el cuerpo del soldado que debe perfeccionar su entrenamiento físico y control emocional. Durante las catorce semanas de formación y en la medida en que el estudiante avanza, la educación física y ‘de aula’ se hacen más exigentes: cada uno de las actividades desempeñadas está diseñada para reforzar tanto la construcción de un cuerpo anestésico [10] (McLeish 2012) como  a capacidad de elaborar un trabajo emocional [11] (Frevert 2016; Gill 1999) que en tiempos de estrés (enfrentamientos en el área de combate, vivir en condiciones precarias, ver morir a los compañeros) garantice tomar decisiones de forma racional.

Las tecnologías y los discursos del director de la ESPRO, se materializan en cuerpos fuertes y en ánimos equilibrados. La educación emocional y corporal son inseparables en la Escuela: ‘En un cuerpo descuidado no puede residir un soldado que sepa controlar sus impulsos’ (comunicación personal coronel Nossa 2016).  Así mismo, la performatividad (Butler 2002) del discurso oficial de la ESPRO, se expresa también en las narrativas de los soldados: para los estudiantes, ser un buen soldado significa haber convertido su cuerpo en una especie de “reloj” que atiende rigurosamente a la disciplina de la academia:

Uno aquí se vuelve un relojito. Uno aquí aprende que la disciplina siempre va a ser lo primordial. Usted sabe que a esta hora hay que hacer esta cosa, todos los días va a hacer la misma cosa a esa misma hora. No van a cambiar ni un minuto, porque usted aquí… le enseñan a uno mucho la disciplina… Usted acá se vuelve como un relojito. "A las cuatro hay que levantarse y bañarse", "a esta hora toca caminar"… No man, usted ya se vuelve una cosa... ya se vuelve un relojito (Comunicación personal, Edwin, 2 de diciembre de 2015) ...

Sin embargo, horas después y a pocos metros de la oficina en la que el director de la Escuela describía su funcionamiento y los rigores de la vida militar que se resumían en la expresión “yo no vine a consentir machos”, nos enterábamos de la existencia de las “perradas”, es decir de las estrategias que los soldados usan para evadir la performatividad del discurso oficial sobre sus cuerpos:

Uno acá aprende a decir a todo ‘si señor’ mientras que se las ingenia para no obedecer. ¿Sabe qué es el Ejército, es la forma más ordenada de hacer desorden y de no hacer nada? Acá en la ESPRO nos volvemos profesionales, pero de la mamadera de gallo. [12] Que nos mandan a voltear, uno ya sabe que nadie está llevando las cuentas de las vueltas al prado, o de las abdominales, o uno aprende a moverse para que el superior piense que uno está haciendo más. Ah, y me preguntaba también por la educación en el aula, imagínese: nosotros tenemos solo bachillerato y nos exigen como si fuéramos universitarios. Acá en la ESPRO uno aprende a estar de vacaciones, ya en el área es otra cosa (Comunicación personal, Edwin, 2 de diciembre de 2015). 

Edwin: No, pero no sabes, cuando dicen "coma, y [tienen] un minuto". La comida está caliente. El huevo cocinado porque es la bandeja paisa, usted sabe cómo pelar el huevo y allá comía caliente. Usted sabe cómo hacer las dos cosas. Y se la mete al bolsillo (risas)

-Carlos: Ese paisa era un gato. Siempre fue un perro de cacería, de verdad.

 Dideer: No sí, yo me acuerdo de un rolo: “No qué me voy a meter eso al bolsillo”. Cogía el jugo, miraba pa'todos lados, vaciaba eso ahí, cómaselo a la carrera. Eso en el estómago se le revuelve. Eso pa'dentro. (Comunicación personal, Edwin, 2 de diciembre de 2015)

En este punto podemos observar que no sólo los discursos y reglas impuestas por la autoridad operan de manera performativa sobre los cuerpos, sino que estos mismos inventan formas de resistencia (Foucault 2002; Butler 2006). Como habíamos mencionado, la performatividad no es un acto discursivo individual, sino que se vale de la repetición para ocultar la regla que enuncia y de este modo per-formar las materialidades (Butler 2002, p.34).  Pero, precisamente por ello, es también posible inventar nuevos discursos y reglas de resistencia, que, al repetirse, se establecen y per-forman el cuerpo. Las “perradas”, entonces, surgen como formas de burlar las rutinas de la Escuela. Los estudiantes, rápidamente aprenden técnicas para evitar las exigencias del entrenamiento y proporcionar a sus cuerpos un escape del disciplinamiento institucional (formas de descanso, mejor nutrición, etc.)

En la ESPRO conviven, pues, diferentes formas de narrar el cuerpo que dan cuenta de tecnologías y discursos que, performáticamente, dan origen a la materialidad del soldado. Según las narrativas del director de la Escuela, el cuerpo del soldado es anestésico y poseedor de un carácter equilibrado, pero las narrativas de los estudiantes dan cuenta de estrategias corporales que permiten hacer más llevaderas las normas institucionales. Sobre el cuerpo de los soldados operan simultáneamente las herramientas pedagógicas de la Escuela y los discursos y tecnologías que nacen para resistir las imposiciones de la academia.
 
4. Narrativas de la sobrevivencia: precariedad y vulnerabilidad del cuerpo en el área

En junio del 2016 algunos de los soldados profesionales que habían tenido experiencias de combate nos contaban:

Yo me acuerdo que la primer vez que yo entré al Ejército y tuve mi primer combate, yo llegué y salí asustado, los soldados [decían] 'No, yo me voy de baja', el otro soldado dijo 'No, yo también me voy de baja', El combate empezó a las cuatro y cuarenta y cinco de la mañana, y era la una de la tarde y todavía estábamos dando... muy fuerte, y cuando entonces llegó el comandante del batallón, había diecinueve heridos, los comandantes estaban heridos, había soldados muertos, había guerrilleros muertos también[…] y yo cabo tercero nuevo y no sabía qué hacer, ‘Me voy de baja, yo me voy de baja, ¿Qué hago Dios mío?’ entonces yo me iba a ir a decirle al comandante del batallón 'No, mi coronel, yo me voy de baja', cuando yo llegué a donde estaba él, se me acercó y el man como que me vio la cara, y me dijo '¿Qué?¿Qué quiere cabo hijuetantas? ¿Le quedó grande esta mierda? ¿Le quedó grande el ejército? ¡Paqué hijueputas entró! y otra cachetada. Yo creo que yo no me fui de baja fue porque ese man me echó la madre (Comunicación personal, Carlos, 2 de diciembre de 2015).

El cuerpo anestésico, el trabajo emocional y las ‘perradas’ aprendidas en la ESPRO resultan insuficientes. En el área los soldados deben hacer cuentas con su fragilidad, con su mortalidad. El cuerpo del combatiente no se forma sólo en la Escuela, los discursos, las tecnologías y la performancia propias del campo de batalla van a formar la materialidad y el ánimo de los combatientes. En las narrativas que dan cuenta de las experiencias corporales recurren cuatro tópicos: el hambre, aprender a vivir en la selva, las heridas por mina y la muerte de los compañeros.

No sólo los enfrentamientos militares son fuente de zozobra y temor. El cuerpo de los soldados ‘aguanta hambre’, por esto mismo se debilita y se deshidrata. Carlos y Edwin narraban:


No, y usted llega en un punto en que usted camina, y ve un charco y no ve agua más en otro lado, y el charco está ahí café. Y usted "juepucha, pero tengo una sed". Échele una pastilla [13] a eso y tómeselo bien... (Comunicación personal, Carlos, 2 de diciembre de 2015)

Nos metieron en una zona como conejillos de indias. Duramos diez días sin contacto. Estábamos próximos al abastecimiento, y eso da moral porque llevábamos cuatro o cinco días comiendo sólo lentejas con sal. Una vez duramos cinco días sin comer nada. (Comunicación personal, Edwin, 2 de diciembre de 2015).

Los testimonios muestran las dramáticas condiciones alimenticias de los solados profesionales. Dadas las características geográficas de las áreas de combate, el abastecimiento de provisiones no siempre se realiza con la periodicidad prevista. Como vemos en el último testimonio, la esperanza de recibir pronto dicho abastecimiento ayuda a mantener alta la moral [14] de los soldados. Sin embargo, tal esperanza contrasta con la precariedad de este, pues muchas veces los alimentos vienen sin sal, o al lanzarlos al campo desde un helicóptero se estropean:

Una vez abastecieron en Puerto Príncipe, Vichada.  No había nada. Dos pelotones y estos los abastecieron sin sal. Y entonces puro arroz de leche, puro arroz de leche ... y algo de suero, porque el suero es como saladito, y siempre que iba a la hora de comer, siempre era algo simplón. Se estaba poniendo uno era como amarillo, porque sin sal... (Comunicación personal, Edwin, 2 de diciembre de 2015)

Apenas bajaban los pilotos que medio los ve allá y tiran la comida, porque eso no se demora tampoco. Un helicóptero allá tira seis meses [de raciones], los costales pa'bajo …  los huevos, los tomates, que no se vayan a romper, a estripar los huevos... y así depende todo. Los pollos, si vienen vivos o vienen muertos. Porque a veces se los mandan a uno así, entonces el pollo no se puede comer hoy. Entonces, después le llegan a uno los pollos medio [podridos] … y a veces uno pide que no, que los manden vivos, mejor los mata uno acá.  (Comunicación personal, John, 2 de diciembre de 2015)

La escena es vívidamente retratada por el soldado, quien, en medio de risas, se refiere específicamente a los alimentos más frágiles (huevos, tomates) para relatar la entrega. También la alusión a la preferencia por recibir pollos vivos muestra las grandes dificultades de los soldados en el área para conservar los alimentos. Además de ello, está la selva, que suma a las dificultades anteriormente mencionadas, peligros naturales, enfermedades y heridas. Los soldados se refieren, por ejemplo, a las largas caminatas en la oscuridad en medio de riesgos de toda índole. El sentimiento de desorientación física es notorio en el siguiente testimonio:

Y entonces usted iba a caminar. (…) Y eso, camine usted, camine, y nada. Y uno lo veía por allá, y ¿cuándo vamos a llegar? Y todos, no.… y se veía cerquita. "Pero esos maricas están cerquita", ... pero la oscuridad... la oscuridad es muy engañosa, y no, que "marica, ya vamos a llegar" cuando usted nada... y usted con el equipo ahí. Usted con el fusil, y usted "hijueputa, ¿y de dónde me pego yo? ¿de dónde me pego yo que me estoy hundiendo?". Usted se siente como que eso [se] lo está tragando a usted, y usted, "dios mío, ¿pero de dónde me pego?" y usted se pega de un palo, y justo del palo que se pega tiene hormigas, y esas hormigas lo pican (…) Pero usted no puede descansar mucho porque los que vienen atrás también necesitan descansar. (…) Camina. Cuando llega un punto en que usted siente el piso así flojo. Y usted manda el pie, y nada. Se hunde. Saca el pie pa'meter el otro, también se hunde. Y usted... Y la impotencia porque usted siente como que "¿yo qué hago acá? ¿haciendo qué?... en mi casa estaría bien...". La impotencia, porque usted siente que eso [se] lo está tragando, que es como si lo estuviera chupando. Lo va chupando, usted siente que lo va jalando. Y usted se desespera, y usted entre más se desespera, y entre más se desespera, más lo chupa a usted ... “no, no, yo no quiero estar aquí, no quiero estar aquí” ... (Comunicación personal, John, 2 de diciembre de 2015)

La desorientación física va en aumento cuando el soldado, primero, no logra percibir el punto al que el grupo se dirige por la oscuridad, y siente que los guerrilleros pueden estar cerca; segundo, empieza a sentir que el terreno no lo sostiene y busca un árbol para asirse a él, pero éste tiene hormigas que lo pican; y tercero, se da cuenta de que, a pesar de sus esfuerzos, se hunde. Vale la pena señalar que el testimonio está puesto en la voz del interlocutor (“usted”), estrategia retórica que busca la identificación de quienes lo escuchan (otros soldados y los entrevistadores) con su relato. También es importante reconocer el recurso del narrador a la repetición: la escena del terreno inestable y el hundimiento es narrada dos veces antes de llegar a la conclusión, en la que el soldado describe el sentimiento de impotencia general al no poder controlar ninguno de los aspectos físicos de su entorno.

Es también importante, en las narraciones de los soldados, observar cómo aprenden en el área las estrategias necesarias para sobrevivir: lidiar con el hambre, caminar en la selva, moverse a oscuras. Los discursos y tecnologías de los soldados que llevan más tiempo en el área se hacen fundamentales. El ejemplo y la experticia de quienes llevan años patrullando se transmite de generación en generación, se per-forma en el área de combate. De este modo, los cuerpos de los “matables” se educan en el rigor del área de combate, allá donde “la guerra se pega, donde usted se vuelve el verdadero guerrero, concentrado en su sobrevivencia y en la de su lanza, nada más” (diario de campo junio 2015).

A la mencionada desorientación física se suma, evidentemente, el miedo, con sus efectos corporales, y el cansancio que producen los largos patrullajes y la carga del equipo:

Todos llegaron al otro lado a las cuatro de la tarde y yo me quedé de último, marica. Llegaron las seis de la tarde y yo solitico [15], cogí el equipo, lo hice a un lado (…) y cargué el fusil. Y ya no me daban (…) más las piernas. Y eso, como a las seis y media, yo escuchaba que bajaba gente. Claro, yo, el susto tan hijueputa [que tuve], yo dije "aquí… [me morí]", pues a uno le montan psicosis… que "ojo que la guerrilla a lo último siempre lo caza". Yo asustado, y ya porque empezaron a decir "¡Patiño, Patiño!", supe que eran ellos. A mí me llevaron cargado porque yo no... ¿Sí me entiende? Esa fue la primera vez que yo dije... “yo aquí me voy”, pero no, eso le pasa a todos los reclutas en esta área, porque usted tiene que hidratarse a diario pa' que las piernas... y sí. Ya después... yo cogía el Frutiño [16] con un poquito de sal. Eso se convierte como en un suero, y en una cantimplora diaria antes de acostarme. (…) Cuando me dieron el equipo, un guaso como de diez años [de experiencia] me dijo "venga yo lo ayudo a cargar el equipo" y cuando empieza a sacar el lastre que yo llevaba, me dijo "es que acá usted no viene de paseo. Usted aquí carga todo en pequeño pa'que…  ¿sí me entiende? Entonces empezó: "¿quién quiere shampoo?", todos sacaban de a tarrito. Un jabón de esos cuatro que viene en promoción. Yo cogí cuatro. Dijo "marica, usted aquí no se va a bañar todos los días; uno, bueno", y empezó a regalar. Y cosas sí, y ya el equipo (…) ya empecé a trabajarlo, y ya aprendí, porque como le digo… (Comunicación personal, Mauricio, 2 de diciembre de 2015).

En la educación física del combatiente es fundamental aprender a cargar el peso adecuado. La salud de su cuerpo depende de saber calcular con exactitud qué es indispensable para su sobrevivencia. El cuerpo abandona lo superfluo: shampoo, desodorantes, colonias, cambios de ropa. El cuerpo del combatiente es austero.

 Asociada a las caminatas y al peso, está la experiencia de los pies entumecidos o heridos. El siguiente testimonio cuenta, de modo humorístico, la dolorosa experiencia de tener heridas en los pies por el cambio de botas:

Luis: (…) nos pegamos una caminadísima, un pico ni el  hijuemadre... y como entré con botas nuevas, porque como cuando uno va a salir de  permiso o cuando le dan permiso así, los que tienen las botas rotas le dicen, “déjame  esas botas tuyas, déjamelas que vos cuando vas a entrar te dan una nuevas...” (…) Y ese día yo dejé mis botas... yo casi no como  botas... y ese día entré con botas nuevas... y subiendo ese pico... acá en la parte  de atrás del pie... acá arribita, se me hizo un huecote así que casi que parecía que  tuviera Leishmaniasis y los dedos con sangre acá arriba, la parte de adelante de los  dedos... yo veía la gente que había subido al otro filo, el último... y yo decía,  “donde me cojan me matan...” Y no, gracias a Dios llegamos a una parte, más de buenas, (…) yo le daba gracias a Dios, yo era en chanclas y prestaba centinela en chanclas, me dejaron prestarlo porque estaba reventado... Queda uno andando como una bailarina... y con unos huecos, es que no es que se le pele no más, huecos hacia adentro de la piel ... hacia adentro y con sangre... y yo con los pies así... y me dejaban prestar centinela en chanclas...  (Risas). (Comunicación personal, Luis, 2 de diciembre de 2015)

El soldado usa intencionalmente varios aumentativos (“caminadísima, “huecote”) y comparaciones dramáticas (“parecía que tuviera leishmaniasis”, “andando como una bailarina”), para transmitir la intensidad de su experiencia de dolor. De nuevo, en el relato el miedo está entrelazado con el dolor físico, pues el soldado piensa que, si se rezaga del resto del grupo, puede ser presa fácil de la guerrilla. Así, el cuerpo es visto, en distintos testimonios, no sólo como fuente de dolor, sino también como obstáculo para confrontar al enemigo o huir de él. El cuerpo es carga, al tiempo que instrumento de supervivencia. En el testimonio citado, llama la atención el contraste humorístico con la situación posterior, en la que el soldado, ya en el campamento, presta guardia en “chanclas”.

La recurrencia de las normas aprendidas en el área de combate, en las narrativas de los soldados entrevistados, hace que se desarrollen ciertos “instintos” como el de tirarse al suelo cuando se escucha un disparo y avanzar a gatas. [17] También aprenden todo tipo de habilidades técnicas, entre las cuales es muy importante la de “guindar” la hamaca y el toldillo:

Luis: Pero uno que lo ha vivido allá, uno dice 'uy esto es...' ¿sí me entiende? En el caso mío llegó un soldado trasladado al batallón. Llevaba 15 años de antigüedad, y el man trabajaba era en Antioquia (…) Y llegó el hombre allá, entonces le dijimos “no, pero acá es más o menos durito, por esto, esto y esto, y hay que hacer esto, esto y esto” … bueno… la primera noche, era invierno, el hombre quedó en la escuadra, iba atrás mío. (…) Y como era la primera noche, sí nos saludamos y ya, resulta que nos tocó guindar [la hamaca] en una platanera. (…) Y mi amigo amarró la hamaca fue de un plátano al otro y listo; y esa noche cayó un palo de agua, pero eso fue que llovió durísimo, mano. Resulta que la mata de plátano no lo arrisca [18] a uno, o sea, el peso de uno la dobla. Entonces, normalmente uno... aquí amarra, envuelve a la otra y a la otra, si están pegadas, ¿no? porque toca... para que uno pueda dormir relajado. ¿Qué? como a las 12 de la noche ese muchacho por allá gritando, mano… claro, llovió, se le cayó eso y eso era lleno de agua. Mojado el señor. Bueno, ese muchacho yo creo que no durmió esa noche. Ese señor, porque ya llevaba 15 años, imagínese, nunca había patrullado nada. Bueno, al otro día el hombre contándonos la historia, que esto, que mire, que no sé qué. Entonces ya uno empieza a ayudarle y todo. (Comunicación personal, Luis, 2 de diciembre de 2015).

El soldado expresa orgullo por las habilidades adquiridas en el área de combate al mostrar el contraste con otro soldado, al parecer con suficiente antigüedad, pero que no entiende las particularidades de la supervivencia en la selva. El final del relato es interesante porque, aunque el soldado se permite reírse de la ineptitud de su nuevo compañero, deja claro también que después del episodio le ofrece su ayuda. Así, el aprendizaje técnico se adquiere en experiencias corporales específicas y a partir de la ayuda de los demás soldados.

En la cotidianidad del área de combate se aprenden las habilidades necesarias para la sobrevivencia. Allí se adquieren los cánones de comportamiento que van a garantizar el buen desempeño del combatiente y este aprendizaje se da gracias a la capacidad de imitar el comportamiento de los expertos. El cuerpo del soldado profesional, vulnerable, vulnerado, agotado, orgulloso de haber aprendido a sobrevivir, sabe cómo moverse, cómo escuchar y cómo sobrevivir.

El área de combate es también el escenario en el que el combatiente es herido; en el que el cuerpo es modificado para siempre. Con humor, un grupo de soldados daba cuenta de sus heridas:

A nosotros puede decirnos ‘los mochos’. Nos falta una pierna o las dos, o un brazo. ‘Mochos’. Ese es el apodo que queremos en esta entrevista. Mocho 1, Mocho 2 y así… Me gusta el nombre de este grupo. Somos ‘los mochos’. (Comunicación personal, Luis, 2 de diciembre de 2015)

Mocho 1, 2, 3 y 4, entre risas, introducían los discursos en los que se coincidía en la siguiente forma de narrar el evento: ‘cuando la mina [19] ‘está bautizada’, cuando la mina lleva mi nombre, no hay nada que hacer: pasan todos, la rodean, uno ve cómo delante de uno, en fila pasan por el mismo sitio y uno no sabe por qué comienza a sudar, como a predecir, como a saber que es uno el que la va a pisar y fijo. Así es. Esa era la de uno’. Cada uno de los mochos evoca el día del accidente, el día en que el cuerpo fue transformado para siempre. El soldado profesional, incapaz de volver al área de combate, comenzará a edificar su futuro con un cuerpo auto-descrito como roto o vencido (cuestión que será tratada en el último acápite).

Los mochos, también hablan de la muerte, de cómo en el área se aprende a vivir con su inminencia. Las referencias a la muerte del ‘lanza’ [20] son recurrentes:

En el ejército [uno] siempre tiene un amigo. (…) [Mi amigo] cayó en una emboscada, le cayó una mina y una esquirla le pasó por aquí y le cortó todo esto, y otra le entró por acá…  Yo lo saqué y cuando lo saqué, él me dijo: “no me vaya a dejar morir”. Yo le ponía las manos acá, pero le escurría sangre y [le decía] “no se vaya a morir.” Y por acá también le chorriaba [sangre] y yo no sabía qué hacer con él, y en últimas le dije: “duérmase, no mire nada”. “Que yo siento que me voy a morir”, y le dije, “no, no mire nada”. Luego lo saqué y lo llevé hasta allá donde había un enfermero y le pusieron suero y se mejoró, se estableció y dejó de botar sangre.  se recuperó y llegó el helicóptero y “fun!” Como a los cuatro días me fui de permiso. Al rato me lo encontré en el batallón enyesado y aquí le cogieron como 17 puntos y él me decía “Gracias por no dejarme morir” y yo “No, todo bien.”  (Comunicación personal, Luis, 2 de diciembre de 2015)

Pieza clave de la sobrevivencia del soldado es su conciencia de la inminencia de la muerte. No sólo él, sino también su ‘lanza’ u otro compañero, puede morir en cualquier momento. En el conflicto armado colombiano, la muerte no se asocia necesariamente con el combate, pues el uso de minas antipersona por parte de la guerrilla hace que pueda ocurrir en cualquier momento, mientras los soldados patrullan, acampan, se alimentan, etc.

El siguiente testimonio es igualmente dramático y emotivo:

En mi brigada tuve muchas experiencias. Pues, gracias a Dios estoy vivo. (…) Vi explotar a mis compañeros, salir mochos del área y cerrarles los ojos, que es lo más duro que a uno le toca: cerrarle los ojos al “lanza” de uno, que come con uno en la “marma” [21], que “cambucha” [22] con uno, que se baña con uno (…) Yo antes no le... cuando se moría alguien en la vereda, yo me acuerdo que yo llegaba y tiraba mi colchón a la pieza de mi mamá. Y me daban ganas de orinar en la noche, y no me iba pa'l baño. Orinaba ahí en una vasija, [por] que yo era muy nervioso, marica. Y un día me dijeron "coja un muerto así con las manos y verá que eso le quita el miedo", y sí. Y ya, eso uno... como le digo. Eso es como la mente, porque yo tengo un amigo que es médico y yo le decía "marica, ¿a usted no le da miedo rajar a muertos?", decía "no pero ya uno después de muerto eso es...", a uno lo mentalizan que es como una piedra. Ya, entonces ya.  (Comunicación personal, Luis, 2 de diciembre de 2015).

El soldado se refiere aquí a cómo logra superar el miedo a la muerte al entrar en contacto físico con los cadáveres. Una estrategia de supervivencia, pues, es precisamente la convivencia corporal con los muertos, los heridos, los enfermos. La analogía con la práctica del médico es útil, en la medida en que muestra que el soldado no se familiariza con la realidad de la muerte de modo abstracto, sino sólo materialmente, a través del propio cuerpo. Para sobrevivir en el área de campo, el soldado debe aprender a tocar los cuerpos vulnerables y vulnerados por la guerra. El suyo propio puede convertirse tarde o temprano en uno de ellos, como lo veremos en la siguiente sección.

5. Cuerpos vencidos: los soldados profesionales sitiados en su materialidad

El Batallón de Sanidad Soldado José María Hernández (BASAN) está ubicado en Bogotá, Colombia. Su misión es rehabilitar a los soldados profesionales que han sido gravemente heridos en el campo de batalla o que han sufrido algún tipo de accidente que ha dejado altamente comprometida su salud, y por lo mismo su capacidad para continuar prestando su servicio. En este acápite nos ocuparemos de las narrativas corporales de los soldados que, heridos en el área, llegan al Batallón y, mientras reciben tratamientos a sus heridas o enfermedades crónicas, esperan que se celebre la junta médica que determinará su porcentaje de invalidez y la posibilidad de continuar en el Ejército ejerciendo un ‘trabajo de escritorio’.  En medio de la zozobra y del ‘no saber qué va a pasar’ se tejen las visiones de futuro en las que lo único cierto es la conciencia de tener que aprender a lidiar con un ‘cuerpo vencido, con un cuerpo roto, que ya no se va a poder desempeñar con normalidad ni en la vida militar ni en la civil’.  (Comunicación personal, Luis, 2 de diciembre de 2015).

El BASAN es descrito por algunos pacientes como ‘el inodoro de la institución’, como el ‘limbo’ o como el lugar en el que ‘uno se da cuenta que uno es parte del Ejército hasta que está sano, mientras puedas coger un fusil y patrullar, ya después de eso no hay aprecio, y lo hacen sentir a uno que no vale, mejor dicho, se da uno cuenta del real valor de uno para la institución’ (Diario de campo, 2015). En el Batallón de Sanidad los guerreros dejan de ser tales y su cuerpo es tratado como material que debe ser rápidamente desechado, como un cuerpo sobre el que ya cualquier inversión significa una pérdida económica para la institución.

Las afirmaciones de Edwin sintetizan lo anterior:

Acá es muy distinto. Es como si fuera otro Ejército. Acá usted no cuenta, no vale nada. Está a la espera y a la espera y a la espera de que resuelvan que hacen con uno. Que si le dan a uno un 30% de incapacidad, que si le dan a uno el 70%, que si (y rogando a Dios, sea así lo dejan a uno en oficinas) o que si lo mandan a la casa con cinco millones e incapacitado para cualquier oficio. Ningunos de los que estamos acá podemos trabajar en construcción, o choferiando, nuestros cuerpos ya no dan y al Ejército eso no le importa. Lo devuelven a uno a la civil medio roto. ¿Sabe? Como esos vidrios que uno no sabe cuándo se van a terminar de romper. (Comunicación personal, Edwin, 2 de diciembre de 2015). (…)

En el BASAN el soldado reclama al Ejército el haber tomado lo mejor de ellos: su juventud y su salud:

Ahora ¿a cuánta gente no están echando? Cualquiera que tenga una enfermedad común no apto, no reubicable, váyase para su casa, perdiendo la juventud porque uno entra bien, para eso le hacen su examen al entrar. ¿Que no sacó el 48% de incapacidad? váyase para su casa, no hay pensión y tome su indemnización de 30 millones. [23] ¿Y eso de que le sirve a uno? (Comunicación personal, Augusto, 2 de diciembre de 2015)

¿Todo eso [los sacrificios en la vida militar] para qué uno lo hace?  Yo ya perdí mi juventud, yo ya de 30 años ya el cuerpo mío… ya prácticamente como estaba acostumbrado a hacer antes, a echar machete, a hacer fuerza, yo ya no tengo esa capacidad ¿Y el Ejército? Pues váyase y listo (Comunicación personal, Edwin, 2 de diciembre de 2015)

Un soldado, o sea, la visión que tienen los oficiales, mandos es: “bueno, échese el equipo con 15 días de víveres”. Listo, arranque, pero, ah, cayó en una mina; ah, listo, “mandémoslo pal BASAN, que esté en el BASAN, que haga ficha médica y que se vaya”. Porque ya no sirve para la institución. Nosotros ya no servimos para la institución. Esa es la realidad pal ejército, pa los comandantes (Comunicación personal, John, 2 de diciembre de 2015).

Yo tengo fe en mi Dios, y pues sé que va a tocar duro. Pero yo voy a montar el negocio, y pues atenderé sentado (risas). Eso con el amor de Él todo se puede, yo me le encomiendo y no se va a olvidar de mí. (Comunicación personal, John, 2 de diciembre de 2015)

Los soldados profesionales, con sus cuerpos irreversiblemente modificados por la guerra, experimentan la fragilidad y la vulnerabilidad, ya no en el campo de batalla sino dentro del batallón que, lejos de ofrecer reparo y reconocimiento, recalca el carácter inservible de su materialidad. Sin embargo, esto no es obstáculo para que proyecten una vida futura definida como ‘normal’:

Yo tengo fe en mi Dios, y pues sé que va a tocar duro. Pero yo voy a montar el negocio, y pues atenderé sentado (risas). Eso con el amor de Él todo se puede, yo me le encomiendo y no se va a olvidar de mí. (Comunicación personal, John, 2 de diciembre de 2015).

Aquí en el BASAN yo me doy cuenta de que no valgo nada, pero gracias a mi Ejército he podido ahorrar y mandar plata a mi familia. Es ahí cuando yo me conecto con la verdadera institución, no con esta porquería. Esto es pasajero, después yo voy a comprar otra casa y la pongo en arriendo y de eso viviré. (Comunicación personal, Edwin, 2 de diciembre de 2015)

Es precisamente en estas narrativas, en las que se hace referencia a un futuro lejano, que el soldado se reconcilia con el Ejército y recuerda que gracias a éste logró ahorrar dinero para construir una vida ‘lejos de la guerrilla y de los paramilitares’. En ellas, el soldado imagina con optimismo un futuro en la que su cuerpo vencido no es un obstáculo para desempeñarse como un miembro útil de la sociedad.

6. Conclusión

En este artículo nos ocupamos de las narrativas corporales de los soldados profesionales colombianos, es decir, de las maneras en las que ellos cuentan las transformaciones físicas que la vida militar impone. Comprender sus discursos nos llevó a ocuparnos de las estrategias de los “matables” de la institución para lidiar con la educación recibida, con las dificultades que el área de combate impone, con las heridas que transforman su cuerpo y con su estancia en el BASAN.

En otras palabras, en este escrito pudimos adentrarnos en la comprensión de uno de los protagonistas del conflicto armado colombiano que, por primera vez en los diálogos de la Habana fue elevado a interlocutor: le fue reconocido su rol protagónico en la construcción del tejido social colombiano [24]. Nuestro interés fue entonces analizar a una institución en la que, el dolor de sus miembros más vulnerables, a los que hemos denominado “matables” se desdibuja en el discurso público. En efecto, la retórica pública de la guerra tiende a ocultar el dolor corporal asociado al daño bélico, a partir de mecanismos discursivos que hacen pensar que dicho daño se inflige sobre entidades abstractas (se habla con frecuencia, por ejemplo, de las “heridas que deja la guerra en el país”) y de este modo permiten su perpetuación (Scarry, 1985, 63-81). Por el contrario, al centrar el análisis sobre el modo en que individuos particulares que viven la guerra en carne propia expresan sus transformaciones corporales, su dolor, heridas y carencias, el daño de la guerra se vuelve material y el cuerpo recupera su centralidad en los estudios antropológicos, sociológicos o históricos.

Es importante recordar, no obstante, que el Ejército construye su identidad pública poniendo en escena los cuerpos de los mutilados, de los enfermos, en momentos que son cruciales para establecer su reputación histórica. Los “matables” solo importan, en las retóricas y narrativas militares, cuando en la pugna por la memoria histórica se quiere ocupar el rol de víctima. No podemos olvidar que sobre el cuerpo de los soldados profesionales se construye al héroe nacional. De este modo, en las narrativas de los altos mandos, que serán analizadas en otra ocasión, el cuerpo amputado o el cuerpo caído en combate servirá para recordar que en la institución se sacrifican los Pedro Pascasio por la Patria, por el bienestar de todos los ciudadanos. 

En el así llamado post-conflicto, es importante estudiar las narrativas de los “matables”, para avanzar en la comprensión del contexto de guerra colombiano, el cual, aún no está pacificado. Estas narrativas dan cuenta de la condición de prescindibles de estos soldados y, al tiempo, de su resiliencia, es decir, su capacidad para recomponerse a pesar de las heridas sufridas. Ellas son, entonces, testimonios imprescindibles para pensar en estrategias reales de construcción de paz.

Notas

[1] Este artículo es resultado de la investigación “Narrativas y retóricas de las emociones: la guerra entre los soldados profesionales” dirigida por la profesora asociada Catalina González Quintero del Departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes de Bogotá y Ana María Forero Ángel, profesora asistente del Departamento de Antropología de la misma universidad. En dicha investigación participaron como asistentes de investigación Simón Mateo Ramírez González, antropólogo y filósofo de la Universidad de los Andes de Bogotá; Felipe Zárate y Andrea Catalina Melo filósofos de la misma Universidad.

[2] Los soldados profesionales ocupan el rango más bajo en la jerarquía militar. Generalmente provienen de familias campesinas. Para ingresar a la Escuela deben haber culminado sus estudios de bachillerato, sin embargo, muchos de ellos leen y escriben con dificultad.

[3] Butler (2006), en su texto Vida precaria: El poder del duelo y la violencia, afirma que “El cuerpo supone mortalidad, vulnerabilidad, praxis: la piel y la carne nos exponen a la mirada de los otros, pero también al contacto y a la violencia, y también son cuerpos los que nos ponen en peligro de convertirnos en agentes e instrumento de todo esto. Aunque luchemos por los derechos sobre nuestros propios cuerpos, los cuerpos por los que luchamos nunca son lo suficientemente nuestros. El cuerpo tiene una dimensión invariablemente pública” (p.53). Además, continúa exponiendo que “[esta] vulnerabilidad ante el otro que es parte de la vida corporal, una vulnerabilidad ante esos súbitos accesos venidos de otra parte que no podemos prevenir. Sin embargo, esta vulnerabilidad se exacerba bajo ciertas condiciones sociales y políticas, especialmente cuando la violencia es una forma de vida” (p.55). Con esto en mente, la autora propone que, en escenarios de violencia, existen cuerpos que se vuelven irreales y que se caracterizan son cuerpos de los que se puede prescindir y que pueden llegar a considerarse “como ya muertos” (p.65).

[4] Durante las entrevistas, algunos soldados eligieron apodos, otros pidieron que se les cambiara el nombre o que simplemente se les asignara una letra. Por lo tanto, en este escrito se encontrarán nombres ficticios y letras, para proteger su identidad.

  • [5] “Sicosiado” es un colombianismo derivado del término “psicosis” y se refiere a un estado de alteración psicológica, principalmente caracterizado por el miedo permanente.

    [6] Los testimonios sobre los que se basa este artículo son los mismos sobre el que se construyeron los textos “‘Ingresar al Ejército no es elegir matar’: hacia la comprensión de dos eventos emocionales entre los soldados profesionales de Colombia” (Forero Ángel, González, Ramírez, Zarate (2018) y “El Ejército Nacional de Colombia y sus heridas: una aproximación a las narrativas militares de dolor y desilusión” (Forero Ángel, 2017a).

    [7] En sus textos El género en disputa (2006) y Cuerpos que importan (2002), Butler desarrolla el concepto de performatividad.  Con este se refiere concretamente a cómo los discursos que una sociedad determinada realiza sobre el sexo producen características identitarias. A través de la repetición que la sociedad heteronormativa contemporánea hace sobre el sexo crea características femeninas y masculinas, dualidad sobre la que se jerarquizan sexualidades diferentes. “La performatividad –dice Butler- es la reiteración de una norma o conjunto de normas, y en la medida en que adquiere la condición del acto en el presente oculta o disimula las convenciones de las que es una repetición” (2002, p.34). La forma de entender la performatividad no se limita a los discursos sobre sexo, pues esta opera también a través de discursos sobre la raza, el cuerpo, roles sociales específicos, etc. En nuestro caso, usaremos este concepto para hacer referencia a las prácticas reiterativas y referenciales mediante las cuales los discursos que educan y forman a los soldados producen cuerpos anestésicos (McLeish 2012), cuerpos que saben controlar las emociones, cuerpos que saben combatir y cuerpos mutilados que procuran construir un futuro a partir o a pesar de sus heridas.

    [8] Los autores mencionados se ocupan de: i. cómo ha sido el proceso de adaptación del ejército argentino al contexto democrático (Frederic, 2015), ii. cómo las emociones configuran las experiencias de los soldados argentinos en servicio en Haití (Frederic, 2018), iii. cómo se construye la identidad de los veteranos que participaron en la guerra de la Malvinas (Guber, 2004), iv. el significado que los pilotos argentinos dieron a su participación en la guerra de las Malvinas (Guber, 2016), v. los procesos de construcción de memoria y de identidad en las narrativas de los altos mandos de la Academia Militar das Agulhas Negras, en Río de Janeiro (Castro, 1990), vi. la importancia de la jerarquía en el mundo militar brasileño, particularmente en la Escola de Comando e Estado-Maior do Exército (Eceme) (Leirner 1995, 1997) y vii. la construcción de una imagen militar y los rituales de la socialización inicial de los novatos (Badaró, 2009). En Colombia las investigaciones de Forero Angel (2014, 2016, 2017, 2018), se han ocupado de comprender, desde una perspectiva etnográfica, la imagen del mundo que generales y soldados profesionales tienen sobre su quehacer. 

    [9] Este mismo testimonio fue usado en el siguiente artículo ‘Del soldado ideal al combatiente real: una aproximación a las narrativas sobre la profesionalización militar en Colombia’ (en prensa) de Ana María Forero Ángel, Simón Mateo Ramírez y Federico Álvarez. En este se hace un análisis de las discrepancias entre las narrativas de altos mandos y egresados en las que se significa la profesionalización. En este artículo, a diferencia del que aquí presentamos, no existe la preocupación por la corporalidad.

    [10] Kenneth T. McLeish (2012) propone que el entrenamiento de los soldados provoca una forma particular de entender y de sentir la vulnerabilidad de su cuerpo. Así, el cuerpo militar, instrumentalizado en el entrenamiento a través de la disciplina y el control, es entendido como un cuerpo capaz de cualquier tarea que se requiera, incluso, de dar la vida.

    [11] Para Ute Frevert (2006) en escenarios donde los vínculos y redes institucionales son muy fuertes existe una mayor demanda de autorregulación emocional (trabajo emocional), es decir, una exigencia mayor de “controlar” las diferentes emociones, con el fin de lograr un comportamiento estándar.

    [12] “Mamar Gallo” es un colombianismo muy común que se refiere a hacer bromas, tomar del pelo a otros y también, evadir obligaciones.

    [13] La pastilla a la que hace referencia el soldado es una purificadora de agua. Las más comunes son ‘Puritab’. Estas contienen cloro y eliminan las impurezas del agua, sin embargo, su eficacia es limitada.

    [14] Para los soldados hablar de “la moral”, como se evidencia en el testimonio de Edwin “estábamos próximos al abastecimiento y eso da moral” hace referencia a un estado de ánimo activo, a un escenario o contexto o situación que logra subir el ánimo del grupo.

    [15] El diminutivo quiere hacer énfasis en la soledad que siente el soldado. Puede leerse como “absolutamente solo”.

    [16] Bebida soluble instantánea azucarada, muy popular en Colombia, especialmente entre los niños.

    [17] “Luis: lo que pasa es que a uno ya, como que le entra(...) Mauricio: un instinto, ya.  (…) John: Sí, eso se vuelve un instinto porque uno escucha un disparo, se tiende, se agacha y pa' adelante.”

    [18] No lo sostiene a uno.

    [19] Una de las características principales del conflicto armado colombiano, fue el uso de minas antipersona por parte de la guerrilla. Se trata de explosivos enterrados en áreas rurales que buscan mutilar a los soldados o a la población civil cuando las pisan inadvertidamente.

    [20] El ‘lanza’ es el compañero que se le asigna a cada soldado. Dada su estrecha convivencia permanente en la selva, el ‘lanza’ se convierte en el mejor amigo, casi que en la familia más cercana de soldado.

    [21] Forma común de referirse a la marmita, o al recipiente metálico en el que los soldados cocinan y comen sus alimentos.

    [22] Cambuchar se refiere a compartir del mismo “cambuche” o campamento.

    [23] Treinta millones de pesos colombianos corresponde aproximadamente a diez mil dólares.

    [24] El proceso de paz de la Habana (2012-2016) fue el primero en incluir militares retirados en la mesa de diálogo, los cuales tenían voz y voto en las negociaciones. En otras palabras, en los múltiples procesos de acuerdo por parte del gobierno nacional y un actor armado, en Colombia, los militares no estuvieron representados de forma directa.

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    CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO EN BIBLIOGRAFÍAS – HOW TO CITE THIS ARTICLE IN BIBLIOGRAPHIES / REFERENCES:

    C González Quintero, A-M Forero Ángel, S Ramírez González (2019): “La guerra se nos pega”: construcción y transformaciones de los cuerpos en las narrativas y retóricas de los soldados profesionales colombianos”. Revista Latina de Comunicación Social, 74, pp. 1488 a 1505.
    http://www.revistalatinacs.org/074paper/1395/78es.html
    DOI: 10.4185/RLCS-2019-1395



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    C González Quintero, A-M Forero Ángel, S Ramírez González (2019: 1488 a 1505) …
    o
    …C González Quintero et al, 2019 (1488 a 1505)

     

    Artículo recibido el 31 de enero. Aceptado el 2 de septiembre
    Publicado el 25 de septiembre 2019

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