Revista Latina

Reseñas de libros - 2014

Filtrando la gran filtración

Díaz, Susana; Lozano, Jorge (eds.)

(2013) Vigilados: WikiLeaks o las nuevas fronteras de la información.

Colección Dossier del siglo XXI.
Madrid: Biblioteca Nueva. ISBN: 978-84-9940-549-0. 356 páginas.

Reseña de Adolfo Carratalá Universidad Rey Juan Carlos

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Filtraciones, espías, hackers, anonimato, documentos clasificados, revelaciones, escándalos, persecución, ocultamiento y mucho, mucho revuelo mediático… Son algunos de los ingredientes básicos de cualquier novela o película de intriga, pero que, en esta ocasión, se sitúan bajo el foco de una obra bien distinta. El libro Vigilados: WikiLeaks o las nuevas fronteras de la información, editado por los profesores Susana Díaz –de la Universidad Carlos III– y Jorge Lozano –de la Universidad Complutense de Madrid–, reúne las reflexiones y análisis efectuados por un competente equipo de investigadores en torno a la que, hasta el momento, es conocida como la mayor filtración de la historia: los documentos oficiales de carácter secreto que, aun siendo guardados celosamente por las autoridades estadounidenses, se han ido publicando desde 2007 gracias al trabajo de la organización capitaneada por Julian Assange.

¿Qué impacto tuvo esta acción a nivel político-social? ¿Qué consecuencias ha supuesto en la esfera comunicativa? ¿Estamos ante una experiencia que marca un punto y aparte respecto a cómo había circulado la información y se habían estructurado las relaciones de poder en las sociedades avanzadas?

Los autores que participan en esta publicación –con la que la editorial Biblioteca Nueva inaugura la colección Dossier del siglo XXI– se aproximan, entre otras, a estas cuestiones e intentan apuntar algunas respuestas, aunque muchas de ellas estén lejos de ser definitivas. Lo hacen desde una perspectiva multidisciplinar, aportando los enfoques que les permite adoptar la especialidad en la que se mueve cada uno de ellos. Así, aunque el fenómeno WikiLeaks es abordado, fundamentalmente, desde el estudio del periodismo y de la comunicación en su sentido más amplio, también observamos algunas aportaciones que fundamentan su reflexión de manera más específica en el campo de la sociología, la ética o la semiótica.

En total, son 14 los autores, pertenecientes tanto a universidades españolas como latinoamericanas, que participan en la difícil tarea de filtrar un fenómeno del que mucho se ha dicho pero del que no tanto se ha explicado.

Para comprenderlo mejor, para entender por qué ha surgido y qué posibles caminos abre su entrada en escena, tenemos ante nosotros 12 capítulos de claro análisis teórico, buena parte de ellos enmarcados en el trabajo realizado bajo el Proyecto de Investigación I+D+i “El fenómeno WikiLeaks en España: un análisis semiótico y mediológico”, dirigido por Lozano, uno de los dos editores de la monografía.

Pese al rigor con el que los investigadores participantes elaboran sus aportaciones, no podemos hablar, en la mayoría de los casos, de contribuciones empíricas –a excepción de capítulos como el firmado por Pablo Francescutti, que desarrolla un análisis retórico, o el escrito por María Albergamo, que se centra en el análisis de textos– sino de reflexiones más cercanas al ensayo, un registro que se revela acertado dado lo eventual que puede aparentar (todavía) cualquier estudio sobre qué efectos conlleva la acción de esta organización y en el que los diferentes autores evidencian, además, sentirse cómodos para expresar sus particulares impresiones sobre el fenómeno, apostando claramente por un discurso más próximo a la discusión que no al dictamen conclusivo como exigen unos hechos cuyo resultado es, aun hoy, impredecible.

Estas contribuciones se completan con dos capítulos finales –una entrevista al sociólogo italiano Alberto Abruzzese, realizada por Marcello Serra, y una última sección firmada por Raúl Magallón, en la que aporta numerosas e interesantes referencias bibliográficas sobre las diferentes aristas abordadas hasta hoy en relación con WikiLeaks– y un anexo –tan revelador como irritante– en el que se transcribe en inglés y en español el audio del vídeo Collateral Murder, audiovisual que recoge cómo dos helicópteros del ejército de EE.UU. dispararon contra civiles en Bagdad y que fue difundido por la organización en abril de 2010, casi tres años después de que ocurrieran los hechos.

Pese a que la pluralidad de aproximaciones reflejada en esta publicación permite que sean varios los dilemas y conflictos observados, hay dos cuestiones que sobrevuelan continuamente el libro, aunando e interrelacionando los diferentes capítulos

- Las relaciones de poder. En concreto, diversos autores se preguntan cómo las lógicas de autoridad y sujeción han podido verse afectadas como consecuencia de la irrupción de WikiLeaks en el espacio público, cuestionando de manera irreversible la hegemonía institucional en el ejercicio del control. En este sentido, cobra especial importancia la reflexión en torno a cómo el poder ha dejado en buena medida de ser unidireccional para asumir una dinámica circular, como señalan Susana Díaz (p. 26) o Guillermo López García (p. 212). En este nuevo escenario, los ciudadanos ya no serían únicamente observados sino que adoptarían, también, el rol de observadores. El poder, como resultado, aparece vulnerable, concreto, frágil (Díaz, p. 15). Adiós, en definitiva, al panóptico de Foucault. Y, todo ello, gracias tanto a la acción de una organización que se contempla a sí misma como vengadora de la ciudadanía en tanto que estructura de vigilancia de la democracia (Aina Dolores López Yáñez, p. 217) como a una estructura en red que, al permitir “que el flujo de la información escape al control de los gobiernos y de los grupos de presión” (Susana Díaz y Jenaro Talens, p. 53), golpea a “quienes antes solían «mirar» por doquier sin ser «mirados»” (Juan Carlos Fernández Serrato, p. 81). Surge, así, un nuevo riesgo para aquellos que se creían inmunes: mentir ya no será tan fácil (Luis Veres, p. 167).

- El ecosistema mediático. La compleja –y en múltiples sentidos paradójica– relación de la organización dirigida por Assange con los medios de comunicación tradicionales aparece como un elemento merecedor de atención para un gran número de los especialistas que intervienen en la obra. En efecto, son varios los investigadores que reconocen que WikiLeaks plantea su misión y objetivos desde el cuestionamiento de los medios convencionales, a los que acusa de una clara dejación de funciones (De la Fuente, p. 127) al actuar como cómplices de los villanos (Díaz y Talens, p. 69) y encontrarse “adheridos al poder” (López García, p. 205). Así, resulta fácil estar de acuerdo con algunas consideraciones expuestas a lo largo del libro sobre cómo el golpe de efecto de esta organización en el terreno mediático dejó en evidencia “al moribundo periodismo de investigación” y a los medios institucionalizados y dominantes (Fernández, pp. 78-79), sobre cómo ha planteado estrategias de periodismo independiente y fiscalizador, incómodo para el poder (De la Fuente, p. 130) y ha supuesto “un notable cambio en el paradigma informativo” (Veres, p. 157).

No existe el mismo consenso, sin embargo, para identificar qué rol exacto juega WikiLeaks en este nuevo entorno, pues mientras algunos autores consideran que no puede abordarse como un medio en sí mismo, sino más bien como una “organización mediática” (López Yáñez, p. 216) o fuente periodística (López García, p. 206), otros, como De la Fuente, sí estiman que puede considerarse como “un medio de comunicación digital” (p. 126).

Pese a las incuestionables implicaciones que WikiLeaks ha tenido en la esfera informativa, diversos de los especialistas convocados para este monográfico coinciden en alertar de cómo la complicidad entre la organización y los medios de comunicación convencionales ha sido mucho mayor de la que podría esperarse en un primer momento.

Las retóricas y los formatos dominantes, por ejemplo, han seguido imponiéndose y afectando a la actividad de WikiLeaks, desde su adaptación mediática a las estrategias discursivas de las escrituras del shock para poder protagonizar así un relato de potencial consumo masivo, culturalmente relevante y socialmente visible (Fernández, pp. 75, 82) hasta la adopción de la ortodoxia de los programas de entrevistas televisivos para hacer circular sus contenidos heterodoxos (De la Fuente, p. 138).

Finalmente, el resultado fue, como critica, entre otros, Díaz (p. 29), bien distinto al inicialmente apuntado: los medios de siempre, los dominados por las grandes corporaciones y próximos al poder, continuaron siendo quienes acabaron determinando qué informaciones reservadas lograrían altavoz, llegando de manera masiva a la opinión pública. De este modo, su papel crucial como organizadores del discurso (Díaz y Talens, p. 69) y como intermediarios en el flujo de comunicación (López García, p. 212) se vio una vez más refrendado. Así, pese a que la acción de WikiLeaks pudiera “encuadrarse dentro de las actividades de ciberperiodismo”, su poder de agitación social solo explotó cuando se sometió a los patrones de producción y a los canales de distribución de los conocidos mass media (Fernández, p. 90).

El gatekeeper de ayer sigue siendo, por lo tanto, el gatekeeper de hoy... ¿Continuará ejerciendo como tal mañana? No es posible asegurarlo, pero lo que parece claro es que los medios de referencia a los que se ha acercado WikiLeaks, como el diario El País, han aprovechado la jugada para, como indica con cierto asombro Pablo Francescutti, presentarse, gracias a un claro ejercicio de autorreferencialidad periodística, como estandartes del periodismo independiente, guardianes de la verdad y garantes de la democracia y de los derechos de los ciudadanos frente al poder, a cuya estructura, en realidad, pertenece y aporta estabilidad (pp. 100, 117).

Y si dos son los aspectos sobre los que pivotan la mayoría de reflexiones recogidas en la obra, también son dos los nombres que, probablemente, más y más se repiten a lo largo de los diferentes capítulos. En primer lugar, uno propio: Julian Assange. De él descubrimos cómo ha sido afectado por la construcción mediática del caso WikiLeaks, asumiendo papeles tan distantes como el de Robin Hood, villano (Díaz, p. 19; Fernández, p. 77), terrorista o ciberterrorista (Veres, p. 163; Miguel Catalán, p. 186), héroe (Díaz y Talens, p. 69; Fernández, p. 77), donante (Francescutti, p. 107), profeta o mediador (Albergamo, p. 276), en función de qué intereses y fuerzas intervienen en la configuración del discurso que lo (re)presenta ante la opinión pública. Un personaje ambivalente, sujeto a lecturas múltiples y divergentes, que en ocasiones son, como indica Luis Veres, producto unas de otras, pues la mitificación que en cierta medida acompaña a Assange no puede entenderse sino como “resultado de la propia construcción del enemigo simbólico confeccionada por Estados Unidos y sus aliados”, ocupando el hueco libre dejado por el asesinado Bin Laden (pp. 163-164).

En segundo lugar, uno abstracto: transparencia, que no siempre implica una ciudadanía más y mejor informada. ¿Transparencia es accesibilidad? ¿Es hacer visible? ¿Es transmitir? ¿Acaso sobreinformar? ¿Podría implicar continuar ocultando, pero de otra forma? No es un concepto unívoco y, más bien, parece plantear trampas tanto intelectuales como políticas. Y los autores las señalan con preocupación. La multiplicación de datos y la mayor disponibilidad de contenidos que ha facilitado la comunicación en red no favorecen, como advierten algunos de los investigadores, una mayor garantía en cuanto al procesamiento de la información (Díaz, p. 17). Que la información esté ahí, a nuestro alcance, no es, como nos aperciben Díaz y Talens, aval de que sea comprendida y, por ello, ambos académicos optan por denunciar las falacias que contribuyen a la confusión entre acceso y conocimiento (p. 59). No son los únicos. Observaciones similares encontramos en los capítulos firmados por Víctor Silva, que nos alerta sobre el peligro de entender como sinónimos sociedad de la información y sociedad de conocimiento o sociedad transparente (pp. 241-242), y María Albergamo, que nos enfrenta con nuestra propia ingenuidad al creer que todo aquello visible, transparente –concepto del que, opina con acierto, se abusa demasiado– es necesariamente verdadero (p. 269).

Pero la cosa no queda ahí. El aturdimiento que puede causar tal reconocimiento se agrava cuando en diversos puntos del libro descubrimos que relaciones impensables, tal vez nunca imaginadas, no resultan en absoluto paradójicas, pese a que ello suponga un replanteamiento conceptual imprescindible para poder comprender los vínculos que hacen que, por ejemplo, transparencia y opacidad no sean tanto opuestos como intercambiables (Lozano, p. 48) o que la comunicación y la transparencia necesiten de la incomunicación y del ocultamiento respectivamente (Silva, p. 242). La visibilidad no garantiza nada, pues la transparencia funciona como una de las caras de la ocultación. Más datos no implican más información. La sociedad posmoderna, que Silva califica –aprovechando el campo semántico de WikiLeaks– como sociedad desclasificada, ha sustituido la información por abundantes datos de carácter efímero (p. 254). Por lo tanto, tomemos buena nota de uno de los consejos que podemos encontrar en la obra: “más que multiplicar los datos lo que hay que hacer es enseñar –y aprender– a interpretarlos” (Díaz y Talens, p. 70).

El texto trata, de este modo, de contener la euforia en algunos casos desatada con la acción desarrollada por WikiLeaks. Así, podemos asegurar que el libro destila mesura en sus análisis y, junto con ella, buenas dosis de provisionalidad. La proximidad temporal del fenómeno sometido a discusión impide plasmar enunciados taxativos y conclusiones contundentes, como por ejemplo si su desenlace será similar al que tuvo la filtración del informe McNamara, con el que este caso guarda estrechos paralelismos (Catalán, pp. 191-192). Más bien al contrario, son muchos los puntos de la obra en los que percibimos ese reconocimiento de trabajo incompleto, de preguntas abiertas, de posibilidades de desarrollo de este fenómeno tan solo apuntadas con una cautela tal que, precisamente, enriquece el rigor y la seriedad de la propuesta en su conjunto. Será apasionante, como indica Fernández, “el seguimiento de lo que la empresa fundada por Julian Assange haga, o se deje hacer, a partir de ahora” (p. 95) y, en la interpretación de los episodios que están por venir, esta obra actuará como compendio de claves esenciales para valorar con precisión los límites y posibilidades de una convulsión informativa que continúa dando sacudidas a un mundo que dependía –y padecía– de un inquietante control sobre el ojo de la cerradura.